Actualmente
las fuerzas fascistas israelitas están protagonizando en el pueblo palestino una
masacre inminente, con el supuesto negado de encontrar “armas nucleares” en una
de las poblaciones más pobres y pisoteadas del mundo, como lo es Palestina.
Esto
nos da a ver que, cuando las fuerzas policiales y políticas del mundo (los
mass medias) mantienen la premisa de criminalizar la lucha, toda
tergiversación se hace posible, desde inventar falsos “desastres nucleares”,
pasando por las “ayudas humanitarias” hasta llegar a los “criminales
disidentes” y, todo esto, enmarcado en los estándares mediáticos del cuarto
poder.
Humberto
Eco escribía en 1987[1]
No hace mucho tiempo que para adueñarse del poder político en un país era suficiente controlar el ejército y la policía. Hoy, sólo en los países subdesarrollados los generales fascistas recurren todavía a los carros blindados para dar un golpe de estado. Basta que un país haya alcanzado un alto nivel de industrialización para que cambie por completo el panorama: el día siguiente a la caída de Kruschev fueron sustituidos los directores de Izvestia, de Pravda y de las cadenas de radio y televisión; ningún movimiento en el ejército. Hoy, un país pertenece a quien controla los medios de comunicación. (…) Como ha sugerido el profesor McLuhan, la información ha dejado de ser un instrumento para producir bienes económicos, para convertirse en el principal de los bienes. La comunicación se ha transformado en industria pesada. Cuando el poder económico pasa de quienes poseen los medios de producción a quienes tienen los medios de información, que pueden determinar el control de los medios de producción, hasta el problema de la alienación cambia de significado. Frente al espectro de una red de comunicación que se extiende y abarca el universo entero, cada ciudadano de este mundo se convierte en miembro de un nuevo proletariado. Aunque a este proletariado ningún manifiesto revolucionario podría decirle: «¡Proletarios del mundo, uníos!» Puesto que aún cuando los medios de comunicación, en cuanto medios de producción, cambiaran de dueño, la situación de sujeción no variaría. Al límite, es lícito pensar que los medios de comunicación serían medios alienantes aunque pertenecieran a la comunidad.
Esto lo recalco porque al
igual que en los 80 en Venezuela, en los casos de Libia y Siria, la
guerra expuesta fue una guerra mediática; se daba una cara a los medios de masa
que exponían una supuesta guerra civil que no existía, solo con el interés de
criminalizar las protestas por medio de los calificativos fascistas.
En Costa de Marfil, en el año 2009 se establece
una “guerra civil” donde participa abiertamente EEUU, la categoría de “guerra
civil” no era más que una victimización de las fuerzas represoras que actuaban
en Costa de Marfil; lo que implicó un
conflicto étnico-religioso, se convirtió en una “guerra civil”, que acabo con gran parte de la población; el
interés: recursos naturales que EEUU no posee o, si cuenta con ellos, los
preserva.
Por otro lado, actualmente en Libia ocurre
una “guerra civil” invisible, y la llamo invisible porque cuando a nivel
mediático las fuerzas contrarias a Gadafi estaban siendo “reprimidas y
asesinadas”, a nivel real, el pueblo y el ejercito Libio, respaldaban
abiertamente al mandatario; pero lastimosamente la cara mediática a nivel
internacional domino la realidad y, hasta la fecha, Gadafi es visto como un dictador que en el año
2010 asesino a los “rebeldes libios”.
Pero sin irnos más lejos, en Haití, en el 2010 ocurrió el primer terremoto y en
este mismo instante, con la supuesta escusa de una “ayuda humanitaria”,
la OTAN hizo su ingreso a este país; hasta la fecha el pueblo de Haití ha
sufrido desde persecuciones a los insurgentes que se oponen a la política de la
OTAN, hasta inminentes plagas de salud que exterminan a su población, lo peor
de esto es que el país no ha sido reconstruido, y por otro lado los damnificados
no han disfrutado de la dignificación, manteniéndolos hacinados en refugios infrahumanos.
Por nada es casualidad que Humberto Eco escribe
su Artículo arriba apuntado, precisamente en el año 1987, cuando los
gobiernos descubrían que no hacía falta el poder policial para controlar a los
movimientos insurgentes, tan solo bastaba con obtener el poder de los mass
media y, debido a esto, por ejemplo en Venezuela, se lograba que jóvenes en su
mayoría, que aparecían asesinados una mañana, fueran vistos a través de los mass
media como delincuentes apresados en una redada, conseguidos con “kilos de
droga” o simplemente fallecidos por causas extrañas (sobredosis) en hospitales
públicos, cuando en realidad eran estudiantes o luchadores sociales que se
atrevían a presentarse con la cara descubierta en protestas públicas. De esta
manera se lograba ir exterminando poco a poco a los disidentes.
No es azar tampoco que, en Venezuela, la Ley de Vagos y Maleantes conceptualizase, en la década de los 80 su
categoría de “maleantes" como todo aquel,
quien trasgrediese o estuviera en contra de las políticas públicas u opiniones
de los mandatarios de turno o, como decretó el presidente Carlos Andrés Pérez en
un discurso del año 1990: “prohibición de las protestas y encarcelamiento a
quien se atreviese a generarlas”.
De esta manera explica Caudia Korol:
Algunas de las formas entonces en que se manifiesta la criminalización de los movimientos populares, es el avance del proceso de judicialización de los conflictos, visible en la multiplicación y el agravamiento de las figuras penales, en la manera que éstas son aplicadas por jueces y fiscales, en el número de procesamientos a militantes populares, en la estigmatización de las poblaciones y grupos movilizados, en el incremento de las fuerzas represivas y en la creación especial de cuerpos de élite, orientados a la represión y militarización de las zonas de conflicto. Por todos estos caminos, los problemas sociales y políticos se vuelven procesos penales, en los que el pueblo no tiene forma de intervención, más que como espectador o como “acusado”. De posibles actores sociales, los sujetos en conflicto quedan reducidos a excluidos, a víctimas, o a potenciales criminales.
Lo importante es que, a pesar de que actualmente
este estereotipo de criminalización a través de la Mass Media, se ha
reproducido a nivel mundial en niveles exorbitantes, las luchas e insurgencias
de estos países no han cesado, personalidades como Julian Assange, Tariq Ali, Noam
Chomsky, siguen protagonizando intelectualmente la lucha de los excluidos y
presidentes, como Mahmun Ahmadineyad en Irán, Basahr Al-Saad en Siria y Mahmud
Abbas en Palestina, siguen sin darse por vencidos, ante las transnacionales económicas,
políticas y mediáticas.
Tal como recalcaba David García Casado, al
referirse a la resistencia:
No hay una opresión visible, directa, sino una represión difusa, global, que ejerce sus puntos directos de tensión sobre los extremos más pobres, más invisibles del planeta, allí donde la ausencia de democracia no se considera como problema a menos que ponga en peligro la apariencia más o menos homogénea de la represión difusa global. Los movimientos de liberación de esta represión, al ser igualmente difusos, dispersos en la inmensidad del panorama democrático de voces, pasan desapercibidos. En este contexto es donde surge el individuo radical.
[1]Tomado
del Artículo “Para
Una Guerrilla Semiológica”, reproducido
en la obra de Umberto Eco, “La estrategia de la ilusión”, Lumen/de la Flor,
1987.