En estos tiempos donde la ética socialista esta a la expectativa, nos vemos en la necesidad de establecer los criterios por los cuales se debe reivindicar sin victimizar la lucha político-reivindicativa de las identidades estudiantiles de los años 80 y 90.
Se hace necesaria la conformación de un ámbito de acción mucho más realista, y descentrado en la idea hegemonizarte que nos da a ver que el proceso revolucionario deviene de elementos confortativos de 4F 1992, nos damos cuenta que, esta idea desquebraja de manera determinante la lucha que a pesar de los insultos, los movimientos revolucionarios nacidos en el ceno de las protestas estudiantiles de la década 1982-1992, conformaron y mantuvieron a lo largo de los años, hasta ser hoy por hoy los motores invisibles del proceso revolucionario en el quehacer de la construcción del socialismo bolivariano.
Evidentemente existe una necesidad de reivindicar la cultura de la protesta estudiantil antisistémica (1982-1992), que buscaba resquebrajar el paradigma hegemónico en esos años. Pretendiendo esta cultura, una nueva forma de hacer gobierno y de ejercicio de la democracia.
Desde el punto de vista teórico, se insisten en que el carácter de confrontación de clases del capitalismo liberal anonimiza la naturaleza de lucha de los movimientos sociales, ejerciendo la dominación a partir del aparato represivo reaccionario del Estado. En esta medida el conflicto social se convierte en ruptura del orden establecido justificando la criminalización de la protesta y logrando así la completa anonimización del carácter anti sistémico y contrahegemónico del movimiento social.
A esto Habermas aporta que:
No puede contarse con una crisis sistémica de carácter económico en la medida en que los conflictos políticos (lucha de clases) mantengan las condiciones marginales institucionales de la producción capitalista, sin transformar esta, puesto que la propia relación de clases se repolitizó y el Estado asumió tareas tanto sustitutivas como compensadoras respecto al mercado, la dominación de clases no pudo seguirse cumpliendo en la forma anónima de la ley del valor. (Habermas; 1973: 88)
Esta afirmación de Habermas parece acertada, en la medida de que el triunfo de la lucha reivindicativa contrahegemónica de clases, rompe con el sistema capitalista y las múltiples formas en la cual este se manifiesta a partir de la desnaturalización de las luchas de clase, entonces la estigmatización de las luchas anti sistémicas, provenientes de los diversos medios y mecanismos de deslegitimación de la lucha (medios de comunicación, lenguaje lascivo, manejo del discurso…) no intervinieron en la fortaleza de los movimientos sociales contrahegemónicos.
Para entender más a fondo esta fortaleza del movimiento estudiantil, es necesaria la conceptualización de la connotación del poder por medio de la fuerza policial y su transformación desde los años 60 hasta los años 80.
La conformación de la Ley de Vagos y Maleantes en los años 60 y 70, daba legitimidad al uso de las fuerzas represivas por parte del estado a dichos movimientos subversivos, existía una idea de que la represión se hacia mas perenne en la medida de que se conformaban instituciones policiales de alto carácter represor, de manera obvia eran castigados con torturas los estudiantes y movimientos populares que se atreviesen a romper el orden establecido.
A pesar de que en los 80 esta ley no caducó, la persecución policial y política encontraba a un movimiento estudiantil que, había aprehendido las tácticas y maniobras subversivas de sus homólogos luchadores de los años 60 y 70, por otro lado el aparato policial había comprendido que debía reprimir por medio de la criminalización de la protesta estudiantil, por medio de coartar los espacios de participación, y por medio de liquidar poco a poco los dirigentes políticos que mostraban su rostro a la luz pública. Ejemplo de esto son: la Masacre de Cantaura (1982), Masacre de Yumare (1986), Masacre del Amparo (1988), entre otros.
Tal y como explica Caudia Korol:
La criminalización de los movimientos populares es un aspecto orgánico de la política de control social del capital. Articula distintos planos de las estrategias de dominación, que van desde la criminalización de la pobreza y la judicialización de la protesta social, hasta la represión política abierta y la militarización. Son distintos mecanismos tendientes a subordinar a los pueblos a las lógicas políticas del gran capital, para asegurar el control de los territorios, de los bienes de la naturaleza, de las poblaciones que los habitan, y para reducir, aislar, o domesticar las disidencias (…) El cansancio social provocó una marcada crisis de legitimidad de las fuerzas políticas del sistema, obligando a cambiar las reglas del juego de las diversas fracciones del poder, que debieron readecuar el modelo de gestión de las políticas neoliberales, introduciendo mediaciones estatales que tienden a combinar el neoliberalismo con políticas neodesarrollistas. (Korol, 2009:17)
Esto es evidencia de que el discurso oficial mediante el cual, el Estado descalificaba a los movimientos anti sistémicos ante la opinión pública, pretendió esconder la desmesurada agresión a los manifestantes en todo el país. La militarización de los componentes civiles de la protesta estudiantil, entra en el ámbito de la represión a las luchas populares, con el logrado objetivo de reprimir y eliminar los elementos anti sistémicos al orden institucional de aquel entonces, sin mediar el derecho a defensa, ni garantizarse ni procurarse el bienestar de la comunidad (objetivo fundamental de las solicitudes de reivindicación de los estudiantes).